Hoy resulta indiscutible que la victoria en la Guerra de las Galias fue el catalizador para el ulterior éxito político de Julio César en Roma, pero lo que no suele destacarse tanto es la técnica de autopromoción y propaganda que César utilizó para conseguir la adhesión del pueblo romano a su persona a través del relato de sus victorias. Una técnica puramente literaria: el narrador en tercera persona.
Hasta el momento en que parte a la conquista del territorio galo, Julio César había desarrollado una brillante carrera política que lo había llevado, en 59 a.C., a ostentar el más alto cargo político y militar de la Roma republicana: el de cónsul. Pero, aunque la ambición de César no terminaba ahí, sabía que su currículum romano tenía un punto débil: el ámbito militar. César no había logrado un gran éxito militar que ofrecer a su pueblo y estaba decidido a eliminar esa mácula.
Concluido su año como cónsul, en 58 a.C., parte hacia la Galia decidido a dar un puñetazo en la mesa política de Roma. Durante casi ocho años, las legiones romanas al mando del general Julio César sometieron a los pueblos asentados en lo que hoy conocemos como Francia, Bélgica y zonas de Países Bajos, Suiza e incluso Alemania. La campaña gala no estuvo exenta de inconvenientes y dificultades de todo tipo, pero Julio César supo utilizarla para su propio beneficio más allá del significado político y militar que estas conquistas supusieron para Roma, y lo hizo, como decíamos al inicio, a través de la escritura.
La guerra de las Galias es uno de los textos más célebres de la antigüedad. En él se narran las victorias del ejército romano contra las tribus galas y las intrigas que se produjeron durante este periodo. Pero la brillantez del texto radica en la decisión que César, autor del texto (excepto del último libro, el octavo), toma con respecto al narrador. Aunque es César quien redacta, no es César el narrador de La guerra de las Galias, sino que lo escribe en tercera persona. Es decir, César no dice «Yo guié a las tropas hacia…», sino que escribe «Julio César guió a sus tropas hacia…». ¿Signo de la egolatría de un narcisista? Nada más lejos de la realidad. Esa decisión constituye una herramienta absolutamente medida e intencionada.
¿Qué consigue con esto? Como decíamos antes, construir uno de los artefactos propagandísticos más brillantes de la antigüedad y, quizá, de la Historia. Cuando el texto (lo hiciese de forma intermitente a lo largo de los años o de una sola vez) llega al pueblo romano, la versión que este tiene sobre la guerra es una versión interesada porque es la de Julio César, el más interesado en vender la campaña gala como una victoria sin precedentes. Pero el uso de la tercera persona le permite ofrecer a los romanos la imagen de un observador externo y, por tanto, imparcial al asunto o, al menos, más imparcial de lo que parecería que el informe de la Guerra de las Galias lo redactase y firmase el general al mando. Y no sólo eso, sino que el estilo que César escoge, sobrio y claro, ayuda a que cualquiera que lea o escuche la lectura en voz alta del texto comprenda lo que allí se dice, además de otorgar al texto de un aire más de informe militar que de relato dramático. Brillantez estratégica política a través de la escritura.
Más allá de un gran orador, César era un hombre con una imagen muy clara del valor de la comunicación en cualquier ámbito de la vida. Probablemente no fuese el factor único, pero el punto de vista, el narrador en tercera persona que Julio César escoge para La Guerra de las Galias, constituye uno de los baluartes de la imagen que César se labró entre el pueblo romano durante sus muchos años de ausencia. Imagen que, con el tiempo, le ayudó a obtener el beneplácito de gran parte de la ciudadanía romana durante la guerra civil que siguió a su vuelta de las Galias. Pero esa es otra historia.
Lo relevante es entender cómo el narrador que escojamos para nuestro texto, el punto de vista desde donde contemos la historia, marcará en gran medida la recepción que de esta tengan los lectores.